El lado bueno de las cosas

Una de las primeras cosas que me dijo Luis Oliver cuando lo conocí fue que «esto es para listos, es la ley del mercado». «Si me puedo beneficiar de una ley en beneficio del Betis, ¿por qué no lo voy a hacer?», me dijo, no sin resaltar que «hace falta habilidad» para hacer «una magnífica gestión deportiva» sin dinero. Fruto de dicha gestión se cerró, entre otros, el fichaje de Rubén Castro.

La historia del canario en la Avenida de la Palmera, además de épica, es harto contradictoria. Su traspaso -el impago del mismo, más bien- fue uno de tantos que a punto estuvieron de provocar la desaparición de la entidad verdiblanca, pero su rendimiento fue, sin duda, la tabla de salvación de la misma. Sin rumbo, a la deriva, el Real Betis Balompié encontró en los goles de Rubén el tiempo necesario para poner fin a sus problemas económicos e institucionales.

Hablar de Rubén Castro es hablar de un trotamundos, de un incomprendido… De un ‘asesino’ silencioso. Eclipsado por la contratación del por entonces ‘pichichi’ de Segunda, Jorge Molina, el delantero parecía ser uno de tantos jugadores que tendrían una corta estancia en Heliópolis. Su edad, rozando la treintena, no parecía augurarle un gran futuro en un equipo volátil, caótico y autodestructivo. Su olfato, sin embargo, le abrió las puertas del Olimpo bético.

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Rubén Castro ha sido sinónimo de goles, muchos goles (148), durante los últimos ocho años. Más de la cuarta parte de los balones que han besado la red en este periodo de tiempo -el 30,02%, nada más y nada menos- llevan su nombre. No ha tenido temporadas en blanco; no ha habido una sola -a excepción de la pasada, claro está- en la que no fuese el máximo referente anotador del equipo, del que es -y será durante bastante tiempo- el máximo goleador histórico. En pocas palabras, una leyenda.

Pero, como decía la canción, nada es para siempre; ni siquiera Rubén. El canario, siempre callado, siempre reservado, ha sobrevivido, incluso, al escarnio público. Mientras media España le sometía a un juicio mediático, él siguió marcando goles para el Betis. Uno tras otro, año tras año, hasta que decidió marcharse a China. El principio del final de su leyenda, pero el inicio de un nuevo contexto, una nueva etapa, para el Real Betis Balompié.

Hasta ese momento, y durante más de un lustro, la ‘rubendependencia’ se había instaurado en el Benito Villamarín. Daba la sensación de que, sin el ’24’ sobre el césped, era imposible no sólo marcar un gol, sino crear sensación de peligro. Su adiós temporal abrió las puertas de un ‘nuevo mundo’ a la entidad de La Palmera y a su parroquia. Su marcha descubrió al beticismo que, pese a todo, existían otros caminos al gol… y a Europa.

En silencio, partido tras partido, banquillazo tras banquillazo, Rubén asumía en silencio que su trabajo en Heliópolis había concluido. Y aunque no pudo batir el registro de ‘Poli’ Rincón como máximo anotador del Betis en Primera División, su único tanto de la temporada con la elástica verdiblanca supuso una victoria a la postre importantísima para el feliz e inesperado desenlace del curso.

Sergio LeónTonny Sanabria y el joven Loren Morón recogieron con determinación su testigo no sólo durante su ausencia, sino también a su regreso, demostrando con creces que, aunque ‘Rubo’ es el héroe que el Betis merece, no es el que necesita ahora mismo. Ya no. El lado bueno de las cosas.

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Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Responsable de la dirección periodística y las redes sociales de Beticismo.net. Redactor en Medina Media Andalucía. Autor del libro 'La década perdida'.

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